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Foto: Juan Carlos Quiles

Bajo este título, FEMUCOR ha puesto en marcha una sección de entrevistas a referentes sociales, dirigentes, asesores etc. del sector mutual y cooperativo  para que nos hagan llegar sus reflexiones y pensamientos, sobre la crisis  desatada por la Pandemia.

Cada uno expresa su mirada sobre el tema convocante, a partir de tres preguntas que se plantean como disparadoras.

Hoy nos ofrece su perspectiva Edgardo Form, Presidente del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos (IMFC) y Vicepresidente 1° de COOPERAR.

1.- CRISIS SANITARIA EN UN MUNDO EN CRISIS
A partir del mes de marzo de 2020, un virus desconocido hasta el momento al que los
científicos denominaron Covid 19, comenzó a expandirse por todo el planeta provocando una
grave pandemia, con su trágica consecuencia de millones de muertos y otros tantos
recuperados con severas secuelas.
El coronavirus puso en jaque a la economía global, a los sistemas sanitarios y a la capacidad de
los estados y las comunidades para enfrentar el gigantesco desafío con el menor costo social
posible. Así, se puso de manifiesto la importancia de la salud pública para posibilitar el acceso
de la población a los tratamientos médicos y, como contrapartida, quedaron en evidencia las
enormes carencias de recursos para atender a los infectados y, en el peor de los casos, sepultar
con dignidad a los fallecidos.
En rigor, la pandemia vino para agudizar lo que la globalización del llamado capitalismo salvaje,
se ha caracterizado como una crisis civilizatoria. Esto es, la profunda desigualdad que prevalece
en este mundo, donde a pesar de los gigantescos avances científicos y tecnológicos, hay más de
mil millones de seres humanos que padecen hambre crónica, mientras un pequeño número de
personas concentra la riqueza equivalente a lo que percibe media humanidad en todo un año.
A comienzos del Siglo XXI se instaló la consigna de que “otro mundo era posible”, a lo que el
teólogo brasileño Leonardo Boff señaló que, en realidad, el lema debería ser “otro mundo es
necesario”. Dicho en otras palabras, hay que cambiar al mundo para salvarlo.
La pandemia puso de manifiesto con toda crudeza la brecha entre los países ricos y aquellos
donde el grueso de la población sufre carencias crónicas. Así, por ejemplo, la falta de agua
potable es uno de los factores clave que provoca enfermedades y muerte, especialmente de los
sectores más vulnerables. Eso además de la falta de acceso a los servicios de salud, a una
vivienda digna, a un trabajo decente y a una educación de calidad.
La globalización del paradigma neoliberal ha concentrado la riqueza y generado una gigantesca
exclusión social. Y frente a este panorama extremadamente grave y complejo, el Papa Juan
Pablo II exhortó durante su magisterio a impulsar la globalización de la solidaridad. Y más
recientemente, el Sumo Pontífice Francisco, en su recordado mensaje en Santa Cruz de la
Sierra, Bolivia, hizo hincapié en la necesidad de garantizar el derecho universal de acceso a las
Tres T: Tierra, Techo y Trabajo.
En estos meses de pandemia cayó en todo el planeta el PIB y según la OIT se perdieron más de
400 millones de puestos de trabajo. Pero la gran paradoja es que los sectores del privilegio
incrementaron sus ya gigantescas fortunas. Es que las crisis no afectan por igual a todas y
todos. Siempre hay quienes se benefician a costa de los demás.
Este es, con grandes trazos, el panorama contemporáneo en el contexto de la gravísima crisis
sanitaria. Y como dijera con acierto Francisco en la última Asamblea General de la ONU, se
puede salir mejor o peor. Por eso, como un aporte extraordinario al debate instalado sobre el
mundo de la pospandemia, el Papa argentino dio a conocer su carta encíclica Fratelli Tutti, con
un análisis sólidamente fundado para la crítica del modelo dominante y las propuestas precisas
y contundentes para construir un mundo que contenga a todos sus habitantes, para que nadie

sea descartable, donde nadie quede atrás, como bien señaló en una reciente declaración la
Alianza Cooperativa Internacional.
La República Argentina también ha recibido el impacto provocado por el Covid 19, expresado
principalmente en la caída de la actividad económica y en la agudización de la situación social
que ya venía agravada por las políticas aplicadas durante el período 2015 – 2019.
En efecto, el proceso de redistribución regresiva del ingreso durante esos años, a través de
medidas que redujeron dramáticamente el mercado interno, el gigantesco endeudamiento
externo, la aplicación de tarifas siderales para los servicios esenciales y el predominio de los
grandes grupos económicos como beneficiarios de las acciones conducidas por el Estado en ese
lapso, constituyeron el escenario donde se instaló la pandemia.
Frente a ese panorama, el nuevo gobierno surgido de las elecciones generales de fines de 2019
fijó como una de sus prioridades asegurar el acceso a una alimentación adecuada para millones
de compatriotas. Y a partir de marzo de 2020, la prioridad fue preservar la salud y la vida antes
que la recuperación de la actividad económica. Para ello se tomaron medidas destinadas a
poner en condiciones todo el sistema sanitario público, a la par de establecer normas para el
aislamiento social preventivo y obligatorio.
Aun así, el número de muertos por el Covid 19 llegó a superar las 30 mil víctimas fatales. Pero al
momento de redactar estas líneas, cabe destacar que en virtud de las políticas activas
instrumentadas por el Estado, tales como aportes para que las empresas conserven a sus
planteles laborales, así como el Ingreso Familiar de Emergencia y líneas de financiamiento para
las PyMes, han comenzado a recuperarse diversos sectores, tales como la actividad industrial y
de la construcción.
Volviendo a los conceptos enunciados en párrafos precedentes, podemos afirmar que se hace
necesario un cambio profundo de paradigma, tanto en la concepción de la economía, la política
y la cultura. O sea, la construcción de un nuevo contrato social para lograr ese otro mundo
necesario y posible, si así lo asumen los pueblos a través de la profundización de la democracia
y la distribución equitativa de la riqueza.
En nuestra opinión, este es el gran dilema de la encrucijada histórica que vivimos.

2.- EL APORTE DE LA ECONOMÍA SOCIAL Y SOLIDARIA.

Las cooperativas y mutuales de nuestro país también han recibido el impacto de la pandemia,
tanto por su incidencia entre los dirigentes, el personal y los asociados, como por el ya
comentado achicamiento del mercado interno.
En este contexto sumamente complejo, las entidades del sector vienen realizando un gran
esfuerzo para cumplir con eficacia y eficiencia el objeto social para el que fueron constituidas.
Por una parte, cabe destacar el compromiso con la preservación de las fuentes de trabajo, algo
que tiene un importante antecedente tras la crisis que estalló hacia fines de 2001.
En aquellas circunstancias las confederaciones representativas del mutualismo y el
cooperativismo presentaron a las autoridades nacionales un documento, con el compromiso de
mantener los respectivos planteles de trabajadores.
Sin perjuicio de esta conducta principista, la situación afectó seriamente a numerosas
cooperativas de trabajo, las cuales ya venían perjudicadas por las elevadas tarifas de los
servicios esenciales cuyo pago se hizo imposible.

En todas o la gran mayoría de las empresas del sector de la economía social y solidaria se
intensificó la creatividad para atravesar la pandemia en las mejores condiciones posibles. Esto
puso de manifiesto las ventajas comparativas del sector, basado en los pilares de la ayuda
mutua y el esfuerzo propio de los asociados y asociadas.
Asimismo, cabe destacar el aporte de recursos financieros e insumos críticos que un gran
número de mutuales y cooperativas brindaron al sistema de salud. Un aporte de suma
importancia que oportunamente habrá que dimensionar y dar a conocer a la comunidad y
también a las autoridades nacionales, provinciales y municipales, para que se conozca la
invalorable contribución del sector para mejorar la calidad de vida de la población, tanto en
estas circunstancias críticas como en todo momento.
Un dato que debe incluirse en esta breve reseña, es el papel que ha comenzado a jugar el
Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social (INAES), a partir de la configuración de su
directorio tras la asunción del nuevo gobierno, a fines de 2019. En tal sentido, recordamos con
profundo respeto y valoración al Ingeniero Mario Cafiero, quien ocupó la presidencia del
organismo hasta su fallecimiento, y al asumir el cargo planteó la necesidad de llevar al INAES a
la calle, sostuvo que nuestro sector constituye el tercer motor de la economía e imprimió una
dinámica a la gestión acorde con las exigencias de esta coyuntura inédita.

3.- COOPERATIVAS Y MUTUALES EN LA POSPANDEMIA

El escenario luego del fin de la crisis sanitaria, tanto a nivel mundial como en nuestro país,
incluirá principalmente la necesidad de recuperar la enorme cantidad de puestos de trabajo
perdidos y, consecuentemente, resolver la grave situación de millones de seres humanos que
cayeron en la pobreza y la indigencia. O sea que la prioridad estará centrada en mejorar las
condiciones de vida de las personas, muchas de las cuales ya sufrían grandes carencias antes de
la pandemia, como consecuencia de las políticas neoliberales.
Estas urgencias no las resolverán los dedos invisibles del mercado, sino la articulación virtuosa
del Estado con las múltiples organizaciones de la sociedad civil y muy especialmente las
empresas de la economía social y solidaria.
Es más, como dijera el Papa Francisco, a quien mencionamos en el primero de los puntos
comentados, de la crisis se puede salir mejor o peor. Por lo tanto, si persiste el paradigma
dominante que privilegia la especulación financiera, la acumulación de riqueza en un extremo
cada vez más reducido de la comunidad y la creciente exclusión de millones de seres humanos,
lo que viene será peor.
En cambio, como se sostiene desde el mutualismo y el cooperativismo, hay otro camino, el de
la solidaridad, el de la democratización de la economía y las finanzas, el que resultaría de un
nuevo contrato social sobre bases éticas y morales que pongan a las personas en el centro.
Las confederaciones representativas del sector en nuestro país han comenzado a transitar una
experiencia de integración institucional, cuya continuidad y profundización potenciarán el
aporte de la economía social y solidaria para resolver los enormes desafíos de la nueva etapa.
Cabe destacar que aún antes de la crisis sanitaria, en vísperas de las elecciones primarias en
nuestro país, las organizaciones nacionales del cooperativismo y mutualismo presentaron un
importante documento a todos los candidatos, con las propuestas y el compromiso del sector
para contribuir a dar soluciones eficaces y oportunas a las innumerables necesidades.

Hace más de un siglo y medio que las mutuales y cooperativas vienen trabajando en todo el
país, fieles a sus valores y principios, para responder solidariamente a los requerimientos de sus
respectivas comunidades en materia de servicios de salud, consumo, vivienda, seguros, crédito,
electricidad, telefonía, agua corriente y redes cloacales; producción, acopio y comercialización
de productos agropecuarios; trabajo asociado y otras realizaciones más recientes.
Hay una rica experiencia acumulada y una enorme capacidad para organizar y prestar múltiples
servicios. Y para que toda esta inmensa energía creativa se pueda desplegar en plenitud hacen
falta marcos normativos y políticas públicas que reconozcan la naturaleza del sector y fomenten
su desarrollo. Es necesario concretar alianzas estratégicas entre el Estado y las mutuales y
cooperativas, respetando el principio de autonomía e independencia.
Hace falta, también, y esto es responsabilidad de los dirigentes del sector, fortalecer y
consolidar la integración institucional y operativa de las mutuales y cooperativas, tanto para
incrementar la producción de bienes y servicios con un sentido solidario, elevando su aporte al
PIB, como para darle la indispensable visibilidad a lo mucho y bueno que realizan nuestras
entidades.
Sobre esto último habría que diseñar y poner en práctica una política comunicacional, para
tener una presencia sistemática en los grandes medios, más allá de los órganos propios de cada
mutual y cooperativa destinados a sus respectivos asociados.
En síntesis, nuestro sector tiene el profundo anhelo de que a la salida de la pandemia
avancemos hacia un mundo mejor, donde el signo distintivo sea la solidaridad y el cuidado de la
naturaleza, nuestra casa común.

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